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Prohibido quemar años viejos

Aquí en Florencia no hay como encender fuegos por la calle, ni el último ni ningún otro día del año. El 31 de diciembre la gente asiste a conciertos en las plazas, va a fiestas privadas, a restaurantes, teatros o donde sea; hacen un montón de cosas pero quemar un año viejo por la calle no, no se les ha ocurrido, no hay esa posibilidad y es más, si ven que alguien quema algo en una acera llaman a la policía. Es difícil explicar a los nativos de estas tierras que para un ecuatoriano quemar el último día del año un monigote hecho a mano es algo muy importante, liberatorio y mágico.

A veces se lo contaba a los amigos de aquí, como funciona lo del año viejo. Les contaba de las viudas que piden plata, de las cuerdas que no dejan pasar a los autos, del testamento. Algunos me hacían preguntas que al inicio me parecían ilógicas o exageradas: ¿y a quién piden permiso para usar la acera pública? ¿no está prohibido quemar cosas en la calle? ¿en serio lo hacen por todas partes? ¿no tienen miedo de los incendios? ¿y si no das dinero a la viuda?


Verán, les decía, un día de estos hago un año viejo en casa y a la medianoche luego del brindis lo quemamos todos juntos, ya van a ver que es bien chévere.


Fue así que hace algunos años llegó el día en que fabriqué el viejo, era el 31 de diciembre y lo íbamos a pasar en casa con algunos amigos. Esa mañana lo construí y lo puse bien sentadito en la sala, al lado del árbol de Navidad. Algunos cuando entraban se asustaban, otros se reían y decían: «éste ha de ser el famoso viejo». Sólo mi suegra, la dueña del jardín de la casa, no estaba muy contenta: «no estarás pensando quemarlo aquí», repetía medio seria. Yo le decía que no había alternativa, que si lo quemaba afuera los vecinos podían llamar a la policía, que era una tradición, una actividad cultural. Nada que ver, no lograba convencerla. Lo bueno era que no parecía muy segura cuando decía que no, así que yo continuaba y estuvimos en esas todo el día.

Cabe anotar que ese fue un año difícil para todos, mi suegro falleció algunos meses antes y eso nos sacudió, principalmente a mi suegra. Cuando llegó la medianoche, luego del brindis me acerqué a ella con el viejo en brazos sin decirle nada. Se le escapó una media sonrisa cuando me dijo: «cuidado con destruirme el césped». Salí corriendo y todos me siguieron, coloqué el muñeco donde había menos hierba, lo desvestí y lo encendí, las llamas envolvieron en un instante las vísceras de papel. Éramos unas veinte personas alrededor de la hoguera, los amigos bromeaban: «van a venir los bomberos, la policía». Uno de ellos me preguntó «¿y en Ecuador hacen esto en cada casa?»; y yo, «en cada casa no, pero en cada calle sí»; el amigo respondía, «debe ser molto bello, un día me gustaría verlo». Me di la vuelta y vi que mi suegra contemplaba el fuego: «menos mal que hemos quemado el año, yo necesitaba algo así».


Por Lotar Sánchez


Este artículo fue originalmente publicado el 31 de diciembre del 2014 en el blog Jorga.

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