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María Dolores tiene un gato

Actualizado: 29 de jun de 2018




El gato se paseaba por su balcón. Despacio andaba y ella lo observaba por encima de su taza de café matutina. Sorbía a tragos bruscos, tragaba audiblemente. Vigilaba el andar exquisito del gato que se asomaba desde la baranda para maullarles a los transeúntes del mercado de San Lorenzo. "¿Cómo puedes estar tan tranquilo?" Pensó ella para después mirarse en su espejo de bolsillo y adornarse los párpados con sombras azul metálico.


Al jefe de su ex-marido, desde hace una semana, le había llegado al buzón la primera carta de rescate por el secuestro de su gato negro. Ella en su intento por hacerlo todo aún más dramático, había optado por armar el mensaje con letras dispares recortadas de periódicos, muy al estilo Thriller Hollywoodense pero de los años 90s, porque en los filmes actuales ya nadie hace esas tonterías.


Luciendo una falda empapada en purpurina rosa se levantó de la silla. Era el día del rescate. Pero se había encariñado ya con el gato. Salió a la terraza. Lo tomó entre brazos ignorando el gruñido hostil del animal.


-Es hora de que vuelvas a tu casa- le susurró al oído. Se le escapó una lágrima negra. – Pinche gato – soltó para abandonar su departamento escurriendo las uñas rojas entre el pelaje de la mascota de Giuseppe.


Frente a Poggio Imperiale, el empresario la esperaba dentro de su BMW negro con los vidrios polarizados camuflándole el rostro de mentón cuadrado. Ella se acercó y le dio dos golpecitos al vidrio. Giuseppe abrió la puerta, azotó el pavimento con su zapato Ferragamo recién lustrado.


-Antes de darte al gato, dime. ¿Hiciste lo que te pedí? – dijo María Dolores, pero en un italiano mal hablado. Alzó la ceja derecha, sintiéndose la femme fatale latina y acuerpada de un film noir.


-Sei matta, Dolores – escupió Giuseppe acompañando su voz por señas de típica gestualidad italiana. – Ese no es mi gato. - continuó – Vine por curiosidad, Dolores, quería saber quién se había tomado el tiempo que dejarme esas cartas debajo de mi puerta. ¡Y no! No voy a despedir a Lorenzo por acoso sexual. ¡Es más, él mañana se entera de todo esto!


- No… pero, - arremetió María Dolores. Él le dio la espalda para subir al automóvil cerró la puerta mientras ella pronunciaba entre lágrimas negras y a gritos el nombre del jefe de su ex. En cuanto el coche se alejó, tomó del bolsillo de su falda su pañuelo de colibríes bordados y se secó con él las lágrimas. Sus labios carmesí dibujaron una pícara sonrisa. Miró a los ojos al gato, a SU gato.


-¡Vamos a divertirnos tanto juntos, corazón! Te voy a nombrar Juanes.


Mientras tanto, la niña que vivía en la planta baja del edificio de Giuseppe, pegaba en los postes de su quartiere con cinta transparente y el corazón lleno de esperanza, la foto del gato negro que se le había perdido hace una semana. Se busca “Baffi” recitaba el anuncio.


Por Natalia Martínez Alcalde


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