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Haciendo la paz con el invierno

Como en mi país no tenemos una diferencia marcada entre estaciones, llegar a Europa fue una experiencia sensorial sorprendente para mi cuerpo. Antes que nada: el frío. Si vienes de un país tropical, nunca estás preparado para el frío y todo lo que conlleva.

Edelfa Chiara Masciotta (Miss Italia 2005) guía el equipo italiano en la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos Invernales de Turín 2006

Cuando llegó mi primer invierno europeo no tenía ni idea de cómo vestirme. Eran épocas en las que uno no podía buscar cómo vestir en el invierno en Google. Deduje que tendría que ponerme muchas capas de ropa y rematar con un chamarrón, guantes, bufanda y sombrero. Así, iba a todos lados con medias bajo los pantalones, cuatro playeras/camisas/blusas (las mismas que usaba en verano, pero puestas todas contemporáneamente), dos suéteres, dos pares de calcetines en cada pie, una chamarra de plumas, un gorro de lana, bufanda y guantes. Parecía uno de esos niños pequeños que las mamás arropan demasiado y tienen que caminar como robotitos. Además, como todas mis prendas invernales habían sido donadas por familiares y vecinos, ninguna combinaba muy bien, sin hablar de su dudoso gusto.

Y es que, al inicio, el frío es una sensación horrible. Te encoge el cuerpo, entumece todas las partes sobresalientes de tu cuerpo, contrae tus músculos, limita tus movimientos y no te deja pensar en nada más que no sea eso.

Con el arribo del frío en Italia llega también la cultura del frío. Es decir: todo cambia. Los colores en el vestir se oscurecen, girando alrededor del gris, negro y marrón, y los vestidos más ligeros se guardan en maletas, cajas o armarios especiales por los próximos seis meses. Las calles, oscuras desde temprano, se llenan de luces artificiales de colores. En la mesa se sirven platillos harinosos, quesosos, cremosos y gustosos. Las discotecas y los cines abren sus puertas (durante el verano están cerrados porque hace demasiado calor) y las plazas se vacían. Las conversaciones tocan indudablemente el tema qué-vas-a-hacer-para-año-nuevo. Hay que voltear el colchón de la cama, que tiene un lado de verano y uno de invierno. Hay que secarse el pelo con secadora porque si no, se corre el riesgo de enfermarse. Se pasa de la cerveza al vino. Se seca la ropa sobre los calentadores. Se organizan las fiestas en casas privadas. Se saca de los armarios los piumini y piumoni: chamarras y edredones de plumas. Todo esto ahora me parece normal, pero es que en México yo no conocía esta vida desdoblada. En México todo el año era igual.

Aunque los primeros años yo iba almacenando toda mi bilis para odiar con intensidad el invierno, poco a poco me fue conquistando. Al inicio no entendía a los italianos que decían que el frío vigoriza, que te despierta, que te limpia los pulmones. Tampoco entendía cuando decían que nah, todavía no hace frío, y yo los miraba perpleja por debajo de mi sombrero de yak de los Himalaya.

Empecé a querer el invierno cuando pusieron la pista de patinaje en hielo en la plaza de Santa Croce en el lejano 2002. Yo regresaba de alguna fiesta o discoteca con mis amigos, serían las cuatro de la mañana, y nos introdujimos en la pista, resbalando con nuestros zapatos, evidentemente borrachos y felices. Esa fue mi primera imagen real de Navidad aquí. Mis amigos riendo a carcajadas, todos con bufanda y guantes de colores, moviéndonos con la gracia de Bambi en el hielo, con perfume de whiskey y la iglesia de Santa Croce detrás.

Con los años fui coleccionando otras ocasiones invernales que me gustan mucho:

Las calles del centro iluminadas de noche, llenas de personas que recorren los negocios, exhalando nubecitas de aliento con cada palabra.

La primera vez que vi nevar, desde la cafetería de la universidad, y salí corriendo a recoger copos de nieve con las manos, sólo para ver qué se sentía. Ahora sé que eso que caía era hielo - no nieve - pero bueno, la ilusión ahí estaba.

La libertad de que no importa qué te pongas, porque lo único que verán es tu abrigo.

Redescubrir el poder de calefacción de las bebidas calientes: el chocolate, el té, el vin brulé, el whiskey.

Poder dejar la comida afuera del refrigerador y que no se descomponga.

El anonimato que te da caminar bajo un abrigo, bufanda y gorro.

Quedarte bajo el agua caliente de la ducha más tiempo del necesario.

Y más aún: dormir abrazada de tu persona favorita, bajo las cobijas.

Haciendo las paces con el frío

Hice cuentas y me tomó ocho inviernos empezar a quererlo, y llevo ya dieciséis en Florencia. Por fin puedo decir que el invierno ya no me molesta. Ya no cuento ansiosa los meses y días que faltan para que llegue la primavera y he aprendido a vestirme mejor. Sigo creyendo que es demasiado largo, eso sí, pero con muchas cosas hermosas que no se ven en las demás estaciones. Creo que lo más importante para adaptarme al clima fue dejar de pensar que tengo frío. Noté que usaba una importante cantidad de energía en pensar que me estaba congelando, y decidí usarla mejor para calentarme y no pensar en el frío.


Sigo prefiriendo la primavera y el otoño, pero ahora entiendo que el invierno tiene lo suyo. Y fue cuando entendí eso que dejé de sentir frío.


Por Valeria Farill

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