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Florencia, por coincidencia

Actualizado: 15 de jun de 2018





El que llegara arrastrando una maleta de 23 kg contados a esta ciudad Toscana hace ocho años fue casualidad. El que regresara trasladando con fastidio mi equipaje una vez más hace unos cuantos meses, pareció también haber sido mera coincidencia.


¿Casualidad? Me cuestiono ahora que a mis 25 años observo con el sol entre las pestañas y desde Piazzale di Michelangelo la ciudad que, hace un tiempo, me vio decidir ofrecer mis esfuerzos diarios al arte. ¿Casualidad? Tal vez sí. Tal vez no. Quién sabe, y es quizá mejor no cuestionarlo tanto. El punto aquí es que, por alguna razón que yo aún no comprendo, fui a parar sin planearlo en Florencia, y Florencia me hizo regresar súbitamente, sin que yo me lo esperara.


Hace ocho años mi madre, tras ver una película basada en Italia, me preguntó si me interesaría irme un tiempo a estudiar a la Toscana. Rara sugerencia, pensé. Es que hoy en lo que cualquier mexicano piensa es en irse a estudiar inglés, o a lo mejor chino. ¿Por qué italiano si solamente se habla en Italia? Pero, ¿cómo negarme? Una estancia, en un país catalogado por todos como mágico. La respuesta era obvia: ¡Claro! Y ahí empezó el viaje.


Llegué y dedicaba mis mañanas a estudiar el idioma e historia del arte. Pasaba las tardes enteras vagando por el centro con una mochila púrpura (que aun tengo) colgada de mis hombros. Conocí, durante este periodo, a varias personas, amigos, que funcionaron como rompeolas en mi vida y que tengo la fortuna de seguir teniendo cerca. Fueron unos cuantos meses, pero fueron suficientes para dar un buen giro a mi mente, a mi conciencia y a mi perspectiva de las cosas. Creo que nada cambia tanto o abre más la mente como dejar el contexto al que estás acostumbrado para confrontarte con otra cultura, otro lenguaje, otro estilo de vida. Mis padres decidieron enviar a una niña que no había abandonado su pequeña ciudad en México a vivir a Europa, a Italia, a Florencia. Eso rompe, eso cambia.


Para mi cumpleaños número dieciocho, la Señora Concetta, dueña de la casa donde vivía en Campo di Marte, preparó una cena con vino, lasagna y tiramisú. Para entonces, Florencia era ya mi ciudad favorita. Así que, como se puede asumir, llegué a Florencia muy joven. Desde entonces y gracias al choque cultural que involucra mudarte, logré distinguir aspectos de mi propio país, de mi ciudad, de la sociedad a la que creía pertenecer, que de no haber mirado desde otro ángulo no habría distinguido. Fue aquí que me convertí en una externa que se dedica a observar y hacer anotaciones en una libretita sobre los tráficos culturales que coexisten, se heredan, se mantienen o se olvidan. Digamos que la capital del renacimiento enterró en mí la espinita de la curiosidad, del movimiento. Desde entonces no me permito parar de viajar, de estudiar, de conocer más sobre manifestaciones artísticas, de percibir nuevas culturas, probar sabores distintos, escuchar lenguas variadas. A pesar de que este viaje ha durado siete años, decidí emprenderlo estando aquí, en Florencia, y hoy por casualidad termina aquí mismo mientras escribo este artículo en mi sillón acartonado.


Aunque crecí en México, estudié en Francia, trabajé en España e hice mi maestría en Holanda, nunca, ningún otro sitio, ningún otro lugar me ha cautivado o enamorado como lo ha hecho esta pequeña ciudad italiana. ¿Qué habrá sido? Me pregunto a veces y me respondo imaginando sus callejones, su vida incesante, el tráfico de transeúntes que atraviesa Santa Maria Novella, las noches en Santo Spirito, las vistas desde San Miniato al Monte. Me respondo observando sus innumerables monumentos arquitectónicos, sus obras maestras, cayendo en la cuenta de ese tanto que ha pasado sobre este suelo y de lo mucho que a diario sigue sucediendo.


En fin, cómo nos desafía el migrar, cómo nos cambia, nos llena de vida, de búsqueda, de curiosidad y de falta de hastío. HispanoItalianos: la vida es rara y está llena de coincidencias, casualidades que con el tiempo van ganando forma y sentido. Somos nosotros esos pocos que no somos ni de aquí ni de allá, pero que gozamos de lo ajeno y sabemos observar y amparar lo propio, manteniéndonos en movimiento.


Sé que como yo, tendrás bastante que contar sobre las casualidades que te llevaron a vivir en nuestra ciudad, y que seguramente estarás tan enamorado como yo lo estoy del cielo fiorentino. Estaremos esperando con ansías tu historia. Hasta entonces, te dejo aquí esta canción de Jorge Drexler, creo te sentirtás tan identificado como yo.




Por Natalia Martínez Alcalde

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