EsFlorencia: hablar en italiano, pensar en español

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Florencia antes de la tecnología

Llegué a Florencia un día de agosto de 1999. Venía en un tren desde Alemania, arrastrando una maleta gigante de casi treinta kilos (las aerolíneas eran más generosas, entonces). Tenía 19 años y mi corta edad era inversamente proporcional a mi ego. Venía aquí por 4 meses para conocer Europa y estudiar un poco de historia del arte antes de iniciar la universidad.

Nunca había salido de mi país sola y no sabía qué esperar. En ese entonces no se usaba internet como ahora. Te conectabas una vez a la semana y realmente no había mucho que hacer en la red, todavía. Pocas compañías tenían páginas, no había blogs ni música, ni mucho menos videos, y después de revisar tus mails, habías terminado con las posibilidades del WWW.

Así que antes de mi partida yo no busqué fotos de Florencia, ni consejos de viaje, ni comunidades de mexicanos en Europa, ni vloggers de YouTube, ni precios de trenes, ni nada por el estilo. Compré mi boleto de avión en una agencia, pedí unos folletos en el Istituto Italiano, y ta tan. La verdad es que yo no tenía ni idea de lo que había en Florencia. Lo poco que sabía era lo que me habían contado mi madre y mis tías, que ya habían estado aquí.

Y fue mejor así, porque el primer día que salí a caminar sola y encontré el Duomo detrás de una esquina, casi me voy de espaldas. No había visto millones de fotos del Duomo en Instagram ni tours virtuales en 360º. Mi primera vez fue, de verdad, mi primera vez. Me tocó descubrir Florencia en el sentido real de la palabra. Poco a poco, calle por calle, museo por museo, trattoria por trattoria. No existía Trip Advisor para sugerirme el mejor lugar de panini de la ciudad, y así fui haciendo mis propias experiencias basadas justamente en eso: en mis experiencias.


Ahora me doy cuenta que haber estado aislada en esa etapa crítica de mi vida fue necesario para ser quién soy hoy. Para ponerme en contacto con mis papás necesitaba comprar con €5 una tarjetita llamada “Hola Latina” en un negocio de telefonía árabe, y meterme a una cabina telefónica a marcar una secuencia infinita de números y códigos que me permitían, si tenía suerte, llamar unos veinte minutos por teléfono. A veces, la llamada se interrumpía antes y tenía que volver a marcar los ochocientos dígitos. A veces, se formaba detrás de mi otra(s) persona(s) que me presionaba porque necesitaba usar el teléfono. A veces, la tarjeta simplemente no funcionaba y no había nada que hacer. Y otras veces, la persona que buscaba no estaba en casa.

La otra opción era ir a un café internet y pagar una hora de tiempo para revisar mis correos electrónicos. En ese entonces todos escribíamos correos larguísimos, contando cada detalle de nuestras vidas, y esa correspondencia epistolar salvó y enriqueció muchas de mis amistades. Me hace sentir vieja decir esto, pero aún extraño esos largos relatos de amigas y amigos que me hacían soltar carcajadas frente a la computadora, y que ahora han sido reemplazados por emojis en el celular.

El resto del tiempo era exclusivamente para mí, sin interrupciones, sin mensajes, sin Whatsapp, sin chats, sin grupos de Facebook, sin notificaciones, sin llamadas de Facetime, ni mails, ni nada por el estilo. Me aterrorizaba la idea de que pudiera pasar alguna tragedia en México y yo no me enterara, pero tenía que confiar en que el mundo iba a ser generoso conmigo.


Recién llegada a Italia.

Y fue precisamente esa sensación de “salto libre” la que me hizo reconectar con la persona que yo era realmente. Aquí nadie me conocía y pude quedarme con la parte de mí que más me gustaba. En mi país había aprendido a actuar de cierta forma, a decir ciertas cosas, a juntarme con determinadas personas. Y no me entiendan mal: nunca fui una persona “bien”. Al contrario: llevaba el pelo verde, vestía siempre estilo grunge, y en general intentaba hacer exactamente lo contrario de lo que los demás se esperaban de mí. Pero cuando llegué aquí, de repente nadie se esperaba nada de mí, y ya no tenía una sociedad contra la cual rebelarme. Y, entonces, simplemente fui.


Y esa persona que fui no fue absolutamente perfecta. Pasaron muchos años en los que tuve que dar muchas vueltas y tumbos. Pero esa persona me gustó tanto que finalmente me quedé aquí. Aquí en mí y aquí en Florencia. Y todavía, cuando regreso a México a visitar mis padres, me doy cuenta que en cuanto bajo del avión regresa un poco de mi alter ego mexicano. No puedo explicar exactamente en qué difiere ésta de aquélla versión de mí, pero la siento asentarse en mi cabeza cuando me despierto en mi vieja recámara.

Afortunadamente ahora puedo llamar a mis padres todos los días para que hablen con mi hijo y reírse de cómo le corté mal el pelo esta vez. Los miles de grupos de Whatsapp en los que participo me conectan (a veces involuntariamente) a mis amigos y a mis primos. A través de Facebook estoy al tanto de las noticias y de las actividades cotidianas de mis conocidos, y ahora en el mail recibo solamente spam. Amo la tecnología, pero es el hecho de haber crecido sin ella lo que me hace sentir especialmente afortunada. Y es que no sé cómo hacen ahora los chicos para encontrarse a sí mismos debajo de todos esos estímulos: videoblogs, selfies, influencers, notificaciones, whatsapps. hashtags, memes…. ¿Cómo hacen para cerciorarse de que son quien deben de ser y no un simple recipiente de toda la información que reciben?


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