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El Síndrome del Expatriado o cuando ningún lugar se siente como casa


Hace unos días regresé a Buenos Aires, mi ciudad natal en la que viví 26 años, luego de un año viviendo en Florencia.

Una semana antes de viajar me preguntaba qué se sentiría volver al país. Es por esto que intenté abordar el tema para llegar “preparada” y que no me tomaran por sorpresa estas nuevas emociones que sabría que experimentaría al regresar a mis orígenes. Me informé y conversé con mis amigas expatriadas que afortunadamente tenían más experiencia sobre esto.

Muchos autores lo llaman “Síndrome del Expatriado o del Viajero Eterno” o “Choque Cultural Reverso” y básicamente consiste en el impacto psicológico que tiene una persona cuando regresa a su país natal, después de haber vivido en un lugar distinto durante un periodo largo de tiempo.

Vivir en otra parte puede ser una de las experiencias más estimulantes y enriquecedoras que uno pueda tener. Sin embargo, se transitan momentos difíciles cuando se trata de cambiar de lugar de residencia. Se pasa por etapas de crecimiento personal y se enfrentan situaciones que requieren de toda nuestra capacidad para resolverlas en un ambiente desconocido: es empezar una nueva vida prácticamente desde cero. Nos cambia como personas y nos acompañará toda la vida: nunca volveremos a ser los mismos, ni volveremos a ver las cosas de la misma manera.



Al irnos de nuestra ciudad de origen, nuestra memoria se fijará en ese momento y permanecerá inalterada para siempre. En nuestro nuevo destino, siempre extrañaremos esa ciudad, la familia, los amigos, la comida y muchas de las cosas que formaban parte de nuestra vida, incluso se idealizará ese recuerdo.

Pero el problema aparece cuando llega el momento en que uno desea volver a su país: al regresar descubrimos que ese lugar al que pertenecíamos ya no es el mismo y nada está como lo recordábamos. Sin embargo, hasta ahora, no nos afectaba. Es entonces cuando nos damos cuenta de que ese sitio idealizado en nuestra memoria ha seguido evolucionando sin nosotros y que ya no tenemos esa familiaridad que recordábamos.

Nuestro lugar de origen ha cambiado y, además, uno se acuerda de la etapa en el extranjero de una manera especial e incluso con ganas de volver. Debemos enfrentarnos a una readaptación, ya que la sensación que tenemos es que no somos ni de acá ni de allá, de ninguna parte. No nos sentimos parte del lugar actual, pero al volver, tampoco sentimos que éste es nuestro hogar; ya no nos sentimos identificados con él. Se produce el fenómeno de la no pertenencia. Sin embargo, nos pasa lo mismo con la ciudad en la que hemos pasado un largo período: tampoco podemos decir que formamos parte de ese sitio.

Y así, entramos para siempre en una dinámica de no pertenecer a ningún lado, en la que ningún lugar es tu casa. Queremos vivir en una ciudad collage de recuerdos, experiencias y personas. Una mezcla de culturas, lugares, gastronomías…pero esa ciudad no existe. Todo esto conlleva a una tensión emocional y mental, que provoca miedo, ansiedad y nostalgia. Esta tensión psicológica puede afectarnos en nuestra identidad personal y en la autoestima.

Cuando se tiene una experiencia internacional la persona empieza a construir una identidad multicultural. Quiere incorporar en su vida cotidiana hábitos que aprendió e invitar a los demás en su país a que los incorporen también. La impotencia de no poder seguir manteniendo algunas rutinas en la cultura local crea una gran frustración, un cierto luto, y desestabilidad emocional.

Muchas veces esperarán que nos comportemos como siempre habíamos hecho. Lo mejor será intentar ajustarse a la vida en el lugar de origen sin perder las ideas y valores que nos formaron mientras estuvimos fuera, y resistir a la tentación de volver a nuestro antiguo yo para satisfacer las expectativas de los demás.

El choque cultural reverso es un proceso. Llegará el momento en el que nos sentiremos de nuevo en casa en nuestro país de origen y los vestigios del shock lentamente desaparecerán. Mientras eso sucede, lo ideal es no perturbarnos preguntándonos si nos sentiremos en casa algún día. Ocupémonos de sentirnos en casa en este preciso momento, en el lugar donde estamos y con las experiencias que estamos viviendo, porque, en definitiva, esas pocas cosas y esas pocas personas son las que nos ofrecerán el calor de hogar que tanto anhelábamos.

Así, quizá lograremos ser expatriados felices, capaces de encontrar el calor de hogar a donde sea que vayamos, después de haber sido ciudadanos de un lugar llamado mundo.


Por Delfina Ante Baquela

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