• EsFlorencia

El italiano que amo



Yo no me acuerdo quién, ¿quizás Benedetti o García Márquez? El punto es que uno de estos grandes escritores alguna vez escribió que el italiano es como un lenguaje de niños. En ese tiempo, yo no lo hablaba y cualquier cosa que escuchara en este fantástico idioma me parecía armonioso, alegre, cantarín. Esos sufijos que me parecía todos terminasen igual: -ini, ino, -ici….. a mis oídos parecía como cuando comunicamos con los bebés. Si, si, era un lenguaje de bambini.

Empecé a estudiarlo con las clásicas conjugaciones que te hacen en la escuela, prácticas con diálogos y situaciones imaginarias: Signore, dov’è il Colosseo per favore? / Per me un piatto di pasta… y cosas similares. Lo mejor venía cuando veíamos películas en italiano. Johnny Stecchino fue una de las primeras que vi, y entendí quizás un cuarto de película, pero ¡cómo me reí! Con Cinema Paradiso, en cambio, mi concepto de italiano pasó de juguetón a “es lo más romántico que he escuchado”. Y efectivamente me enamoré. Me parecía una canción, tintineante pero directa, otro tipo de idilio, muy platónico. Esas voces, casi folclóricas, eran profundas, aterciopeladas.¡Qué estupendo idioma!

Sí, claro, lo había oído de mi maestra, una romana con una risa contagiosa, ojos saltones y rizos dorados que parecía haber escapado de un fresco de hace veinte siglos, pero no fue sino hasta que vine a Italia que aquel affaire idiomático empezó a tomar otras formas. Muchas, según iba oyendo diferentes dialectos. No es lo mismo icchè tu fai con la c “arrastrada” toscana, a cosa fai, ni se vedemo a arrivederci, comprensibles sólo si ya llevas algunas semanas en cada uno de los lugares donde se usan. No sólo la pronunciación sino el contexto no eran siempre compatibles con el lenguaje corporal, habitualmente más simpático de la frase misma que, además, parecía dicha de golpe. ¡Qué idioma tan rudo, pero me gusta!

Y que fueran formas dialectales o estrictamente italianas, como casi habladas por el mismo Manzoni, el italiano que conocía se iba trasformando: había pasado de tierno a platónico, de romántico a real. Y en ese proceso iba olvidando el candor con el que lo veía: se me iba haciendo natural, familiar al punto que lograba expresarme con el mismo manierismo, intensidad y emoción.

Es casi como la relación con una persona: nos conocemos, un café, un beso, somos novios, ¿te quieres casar?, se te ve algo de pancita, ¡uf, me chocas con tu fútbol!, y de mal en peor.... Pero la verdad es que con el italiano, el idioma, creo que nunca llegaré al divorcio pues aunque ya no me hagan reír los memes tipo “maestrini puedo andar al bagnini a hacer la pipini…” ni las películas de mafiosos torpes, estoy segura que seguiré aprendiendo de él, me seguirá dando dolores de cabeza con frases complejas y sobre todo cada cinco años que repitan Cinema Paradiso en la tele a las horas de la madrugada, me conmoveré recordando ese primo amore.


Por Vanessa Rojas Toscano



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EsFlorencia: hablar en italiano, pensar en español

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