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El estrés del viajero existe y se llama Síndrome de Stendhal o Síndrome de Florencia

Actualizado: 6 de sep de 2018

Seguramente muchos de nosotros hemos experimentado sensaciones de todo tipo al llegar a una ciudad que hace tiempo queríamos conocer o de la que habíamos leído, al admirar una pintura o una escultura en un museo o al disfrutar un atardecer con un paisaje indescriptible de fondo. Tal vez no sean las mismas que Stendahl describió en uno de sus libros, pero se pueden parecer mucho. ¿Quieren saber de qué se trata? Descubramos juntos el síndrome que tiene como protagonista a nuestra ciudad: Florencia.


La Nascita de Venere, Botticelli (1484). Gallerie degli Uffizi, Firenze. (Imagen de Wikipedia)

Hace algunos años, para ser exacta 201, un escritor francés apodado Stendhal (su nombre real era Marie-Henry Beyle) tuvo un “empacho artístico” cuando paseaba por las calles de Florencia. Desde 1800 Stendhal viajó por la península recorriendo pequeños pueblos y grandes ciudades. Durante su visita a nuestra hermosa ciudad, se fue maravillando con las cúpulas, las estatuas y las fachadas que iba encontrando en su camino hasta que un día, cuando ingresó a la Iglesia de la Santa Croce; sintió palpitaciones, vértigo y angustia. Todo junto.

Esto, sumado a la sensación de ahogo que sentía adentro, lo obligó a salir de la iglesia para tomar aire. Él lo relató en su escrito Nápoles y Florencia: Un viaje de Milán a Reggio de esta manera:

"Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme”.

Preocupado por lo que le había sucedido, acudió a un médico que, restándole importancia al asunto, lo calificó como un empacho artístico por exceso de belleza. ¿Alguna vez habían sentido hablar de esto?

Stendhal. (Imagen de Wikipedia)

Muchos años después, una psiquiatra italiana llamada Graziella Magherini lo catalogó como un síndrome al que bautizó con el nombre de “Síndrome de Stendhal” o “Síndrome de Florencia”.


Pero, ¿es esto un mito o una realidad?

La doctora Magherini estudió más de cien casos de turistas extranjeros que llegaban al Servicio de Salud Mental del Hospital de Santa María Nuova, donde trabajaba, con los mismos síntomas: descompensación, agotamiento, sofoco y mareos. Y en 1989 publicó un libro fruto de toda la información recaudada. En él concluye que hay dos facilitadores para el síndrome: el estar ante la obra original y el hecho de que no exista una red simbólica que atenúe esta experiencia. De ahí que los afectados sean siempre extranjeros (Magherini, 1989).

Si bien hay un buen número de psicólogos que están de acuerdo con esto y sugieren que se produciría como consecuencia de la saturación de nuestras capacidades humanas para recibir gran cantidad de belleza artística en poco tiempo (el famoso “empacho artístico” que le diagnosticaron a Stendhal), también hay otro tipo de especialistas que piensan que no existe, que fue un invento de la doctora Magherini y que sólo ha servido para aumentar la reputación de la ciudad. Ellos están convencidos que la propia ciudad de Florencia ha divulgado este síndrome para atraer a mayor cantidad de turistas. Incluso se ha utilizado para hacer publicidades (como la de Audi A8 que pueden ver aquí).

En los viajes uno descansa, se divierte, hace algún deporte o se lanza a la aventura, según sea nuestro perfil viajero. Viajar es encontrar belleza por todos lados, no sólo en los museos. Aún más si estamos en el lugar por primera vez. Viajar es alimentar el alma.

Cuando conozco gente nueva en mis viajes les hago la misma pregunta: ¿Sentiste algo extraño cuando estuviste Florencia? Asombrados por mi pregunta casi todos concluyen en lo mismo: su estado anímico fue “in crescendo” a medida que recorrían las calles de la ciudad y sentían que “les iba a explotar el corazón” pero de felicidad. Algo así me pasó a mi cuando la conocí por primera vez hace seis años.


Cattedrale di Santa Maria del Fiore. (Foto propia)

Cuando llegaron a vivir en Florencia, ¿cuál fue su reacción al visitar por primera vez el Duomo, al contemplar el fresco de Brunelleschi en la cúpula o al observar los colores de su fachada de mármol tricolor? ¿Habremos sido todos víctimas de este famoso síndrome? Me encantaría leer sus experiencias.


Por Angelle Lardet Farrero.

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