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Doña Concetta: los altos y bajos de vivir con una host family florentina

Actualizado: 21 de jul de 2018




Llegué a Florencia por primera vez a mis dieciocho años. Idea mía no fue. De haberlo sido, estoy segura, no hubiese llegado a vivir a donde llegué. Pero como todo ese asunto de mandarme a estudiar italiano y arte al extranjero se le ocurrió a mi madre, ella supuso que la mejor idea era (claro) vivir en casa de alguna “familia italiana”. Así el inmenso paso de dejar el hogar que me vio crecer para mudarme a Italia, no sería tan drástico. Habría alguien ahí responsable, alguien al pendiente, alguien que cocine, lave las sábanas por mí y ponga ojo crítico sobre mi flamante adultez. Buena idea, pensó mamá. El tiempo de espera sobre mi solicitud de alojamiento con una “host family” fue enviada al instituto. A los dos días recibimos el anuncio: viviría en casa de una señora de edad avanzada llamada Concetta. Era una ex bailarina de ballet que vivía sola a unos pasos de la estación Campo di Marte. Mis padres la apodaron, entonces, Doña Concetta. Es que la señora era mayor y había que guardar algo de respeto.


Entre las justificaciones que dan las escuelas, universidades o centros de lenguas sobre el alojamiento con familias, se encuentra el de la inmersión cultural. Sumérgete al estilo de vida italiano! Anuncian (en inglés). En parte tienen razón, un grupo importante de los estudiantes que llegan a alojamientos de este tipo, tienen entre los diecisiete y los veinte anos. Los dueños de la casa juegan un papel importantísimo en la concepción que el expat desarrolla de su nueva cultura.


Según lo explica la Universidad Syracuse en su página, es esencial que la relación entre el anfitrión y el huésped sea de confianza recíproca. Yo, en lo personal, confiaba en Doña Concetta, ella, en cambio, me mentía.

Ya sé, suena a acusación de telenovela, pero es que es cierto. Viviendo en su casa desarrollé una idea de la cultura italiana muy diversa a la que tengo hoy que vivo sola. Vamos, aprovechándose de mi completa ignorancia sobre el estilo de vida del que entonces era mi nuevo país, ella decía ciertas cosas con el fin de quedarse con unos cuantos euros más en su billetera. ¿Un ejemplo? Los italianos no tomamos café en el desayuno.


¿En serio?, contesté yo, incrédula, con una mochila colgada de mis hombros y observando los hilos que dejaba en el agua hirviendo la bolsa de té negro rancio que me había dado para acompanar un par de panecitos tostados con nutella.


Los italianos solamente desayunamos esto. Dijo en italiano, pero le entendí.


Mi conclusión inmediata (yo que estaba acostumbrada a comerme dos sandwiches y beber una enorme taza de café antes de dejar la casa para ir a la escuela) fue un rotundo Moriré de hambre.


El pranzo no venía incluido entre los servicios alimenticios de la casa. Como es de suponerse, llegaba a la escuela con el estómago hecho un nudo y esto me obligaba a comprar chocolates de la maquina dispensadora y una pizza o un panino a mediodía. A las seis tenía que volver a casa para cenar. A las seis cenan los italianos, decía Doña Concetta y yo le creía. Así que recibía, con la panza llena, un inmenso plato de pasta con la salsa a la que ella llamaba emocionada “Il pomodoro di Kathy”. Al pomodoro di Kathy le faltaba sal. Pero bueno, ese es otro tema.


Sei troppo magra, me dijo durante nuestra primera cena juntas y rellenó mi plato con otro montón de pasta. Sei anoressica?


¿Yo? no, no. Todo lo contrario. Pero mi negación no le bastaba, así que se sentía responsable de observarme hasta que yo dejara el plato reluciente.


Vamos, que Doña Concetta era particular. Particular… por decir algo. En casa no tenía permitido usar la lavadora. Una vez cada dos semanas llenaba mi maleta de ropa y la llevaba a la lavandería. El refrigerador o cualquier otro electrodoméstico también estaba prohibido. De hecho, una estudiante Australiana que también llegó a nuestra bonita casa le sugirió a la padrona comprar ella misma su comida para el refrigerio. Doña Concetta accedió, solo que cuando Kirsten volvió no le permitió guardar ni su queso, ni sus yogurts en el refrigerador. Puedes comprar comida pero no usar mi cocina, le dijo y Kirsten se comió todo de una sentada.


La clave del internet no la compartía, creía que el aparato tenía que apagarse cuando no era utilizado y ella solo usaba internet en su computadora portátil de cinco a seis de la tarde. Era la época del blackberry, entonces ni whatsapp, ni el sinnúmero de apps que hay hoy existían pero como extranjera viniendo desde México, un poco de internet por las noches para hacer un par de Skype calls, no me hubieran caído nada mal.


Al teléfono fijo de casa sí que nos podían llamar nuestros familiares cuantas veces fueran necesarias. Los domingos por la tarde mi abuelo me llamaba. A Dona Concetta le hablaba en francés y ella se sonrojaba. Esperaba todos los domingos cerca del teléfono escuchar la voz ronca de mi abuelo saludándola. Saluttami al nonno, me decía por las mañanas antes de despedirme para ir a la escuela. Al dejar su hogar me entregó avergonzada una fotografía suya de joven con dedicatoria a Antonio, mi abuelo. Si se la entregaba mi abuela se volvería loca, así que la guardé en un cajón de mi casa en México.


De vez en cuando mi simpática casalinga, madre de una lindísima chica ya casada, contaba con desplantes de afecto hacía las niñas que hospedaba. Por mi cumpleaños invitó a dos de mis mejores amigos a casa y preparó una espléndida cena que contaba con vino espumoso y Tiramisú como postre. También de vez en cuando nos llevaba a los mercaditos de antigüedades dominicales o a comer un gelato. Hago hincapié al decir “de vez en cuando” porque era muy de vez en cuando.


Entre mi grupo de amigos había uno más que vivía, como yo, en una “casa familiar”. Su casalinga era mucho más joven y amable. Roberto nos contaba que lo llevaba los sábados al supermercado y él podía elegir lo que comer a lo largo de la semana. Vivía en un piso cerca de Santo Spirito y lo envidiábamos.



Lo envidiábamos pero algo que aún no entiendo nos hacía querer a Doña Concetta. Con todo lo antes descrito, la apreciábamos y hoy que ya no vivo cerca de Campo di Marte y que conozco cómo es en realidad la cultura italiana, hoy que trabajo aquí, hoy que no la veo desde hace ya un buen número de años y me pregunto si es que sigue viva (porque a veces sí que me lo cuestiono) recuerdo con cariño la primera vez que dejé mi paÍs, cuando entré a mi minúscula habitación y me asomé por la ventana para ver el jardín italiano de la casa. Me acuerdo de los chistes hasta las dos de la madrugada en la banqueta con mis amigos. Me acuerdo de esa niña que llegó a Italia cargando una maleta y de todo lo que creció ella viviendo ahí, en casa de Doña Concetta.





Por Natalia Martínez Alcalde

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