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De puentes y construcciones



El pasado agosto pasé algunos días en Rotterdam. Me hospedé en un hotel junto al Puente de Erasmus, o “El Cisne”, como se le llama de cariño. Desde mi ventana podía verlo y, fuera a pie o en bici, tenía que cruzarlo todos los días.

Desde que lo vi, fue amor a primera vista. Su forma efectivamente de cisne, le da un toque elegante: fuerte pero ligero, como si flotara en el río mismo. La vista desde cualquier punto es de admirar, no arruina el entorno sino que lo complementa.

El Cisne es además funcional; da espacio a todos. Automovilistas, tranvía, ciclistas y peatones; cada quien en su lugar y en orden, esperando su momento para pasar, incluso las embarcaciones que pasan debajo de él. Y es que no todas son iguales. Para aquellas un poco más altas, el Puente Erasmus cuenta con una plancha de incontables kilos que se alza dos veces al día y que se empalma perfectamente al resto del puente y de la calle.

Con tantas cosas para platicar de Rotterdam hablo de este puente por dos motivos: el primero, porque en él se concentra el concepto de funcionalidad a la cual la ciudad aspira; segundo, porque este tipo de construcciones me crea asombro pero también, por desgracia, frustración.

¿Por qué en algún lugar del mundo es posible llevar a cabo un puente “intergaláctico” en los tiempos previstos, que sigue siendo perfectamente útil después de veinte años; y en otro lugar, en el mismo continente, se descubre que una obra de uso similar no debió siquiera ver la luz debido a los materiales, a la geografía, a una serie de errores ignorados que hoy se descubren como tales? ¿Por qué se puede realizar, en no más de ochocientos metros, el espacio para tres tipos de viabilidad sin dejar excluido al peatón, y en otros se puja por terminar la ruta de un tranvía o simplemente por actualizar las tuberías de una calle que se sabe se inunda cada año? Cierto, estos casos no son comparables: construir un puente no es como pavimentar una calle o poner un carril, pero ese es exactamente el punto. ¿Cómo es posible erigir obras masivas con tanto éxito en un lugar y en otro llevarles tanto poner en pie creaciones que son de una complejidad netamente menor?

Pongamos Florencia, lugar que cuenta con una catedral de 800 años en excelente estado y con mares de turistas que la suben y bajan a diario. Es cierto que Santa Maria del Fiore, no fue terminada en pocos años - se necesitaron 700 - y las últimas intervenciones que se hicieron en la fachada se refieren al siglo 19. Sin embargo, la estructura que hoy vemos, maciza e imponente, se yergue desde hace siglos y está fundada sobre los restos de otra aún más antigua.

El Puente Santa Trinità fue destruido por los nazis el día que debían escapar de la ciudad. Sabiendo que habían perdido la guerra, el objetivo era dejar a Florencia sin comunicación ni ayuda alguna por parte de las fuerzas aleadas. Años después y en tiempos breves, el puente fue erigido nuevamente en gran parte con las mismas piedras con las cuales fue originalmente construido. Voluntad y orgullo de una comunidad herida.

¿Qué hace que una cosa esté bien hecha o no, que nazca con las ganas de servir mañana y dentro de mil años, que se proponga a la comunidad como realmente útil? ¿En qué momento hacemos de lo imposible el posible, el real? ¿Cuándo nos viene a faltar ese sentido común que nos hace prever hasta los riesgos más improbables?

Probablemente estas preguntas tienen mil respuestas o tal vez ninguna. Pero el seguir viendo obras increíbles, majestuosas, simplemente bien hechas, en países muy ricos o en algunos no tan ricos, me hace esperar que como seres humanos no buscaremos motivos interminables a esos por qué, excusas sin fin, sino que aprenderemos de los errores y de las desgracias.

Quizás como comunidad lograremos ser más compactos y exigentes, más interesados a quien viene dada esa responsabilidad. Después de todo, no estamos en este mundo sólo para admirar lo que realizamos sino para que de ello quede una huella positiva y sobre todo, útil en el tiempo.


Por Vanessa Toscano

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