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Dar a luz en Florencia sin teorías iluminantes.


La última vez que viví en México yo y mi esposo nos repetimos muchas veces que no querríamos ser padres ahí. Amamos la Ciudad de México, hogar de un sinfín de actividades de ocio y de cultura y sabemos que ser una pareja joven en esa metrópolis es estimulante y divertido: todo es posible. Pero cuando se trata de tener hijos, la cosa cambia.



No fue por eso que regresamos a Italia, pero fue una buena coincidencia cuando quedé embarazada después de nuestro regreso. Quedé sorprendida con el sistema de salud de Toscana, donde el proceso de todas las visitas médicas y análisis durante el embarazo es sencillo y gratuito. Me dicen que es uno de los mejores de Italia, pero no me consta. Yo simplemente tenía que abrir un librito que me dieron donde me habían programado el nombre, la fecha y lugar de cada uno de mis exámenes y presentarme, sin hacer fila y sin pagar nada. Cada examen médico fue acertado y meticuloso pero eso sí, realizado por la obstetra o enfermera de turno, a veces con la frialdad de quien realiza la misma labor todos los días.


Neonatología y Pediatría del hospital Torregalli en Florencia

Al final de mi embarazo pude escoger uno de los tres hospitales públicos que realizan partos, y escogí el más hippy, el que me daba la posibilidad de vivir el proceso sin medicinas, en cuarto privado, con tina y cocina y con la posibilidad de dormir con mi esposo. Todo bajo el más estricto control de salud, y con la posibilidad de transferirme en 15 segundos a la ala “médica” si se presentaba alguna emergencia. Tres días después de dar a luz regresamos a casa con todos los documentos, instrucciones y citas pediátricas ya programadas para revisar a mi bebé en su primera etapa.


Todo el embarazo y el parto costaron la fabulosa cantidad de cero euros con cero centavos. Eso incluyendo medicinas que tuve que “comprar” durante el embarazo. En las farmacias me entregaban los medicamentos y, después de revisar mi tarjeta de salud, me despedían con una palmadita en la espalda y un a posto, cosi: así está bien.

En México la realidad es muy diferente. Los hospitales públicos, aunque tienen personal preparado, frecuentemente tienen malas instalaciones y están saturados. Un parto como el que tuve yo en Florencia hubiera costado no menos de cuatro mil Euros allá, por supuesto, en hospital privado. Y las posibilidades de tener un parto natural se reducen considerablemente: en el 2017 el 45% de los nacimientos en México fueron por cesáreas, el triple del máximo recomendado por la Organización Mundial de la Salud. Y el mismo porcentaje se repite en toda America Latina y Caribe, región que lidera el ranking mundial de cesáreas. La mayor parte de las mujeres que tienen cesáreas son las de las clases privilegiadas.


La mitad de las mujeres que hayan tenido un hijo hoy en México, República Dominicana, Brasil, Chile, Colombia, Paraguay o Ecuador habrá tenido que pasar por una cesárea.

Conozco poquísimas personas en mi país que hayan tenido partos naturales, y he escuchado las peores excusas médicas para programar cesáreas. Se dice que es porque con una cesárea los médicos organizan su calendario laboral sin tener que desvelarse, y porque de este modo se incrementan los costos del parto al tener que pagar una cirugía y todo el personal médico de apoyo.

Las personas que tienen la posibilidad confían su parto a un hospital privado, que les garantiza ciertos privilegios que en los hospitales públicos no tendrían. Y estas mismas mujeres escogen un ginecólogo privado que las revisa durante todo el embarazo y que finalmente les entrega a su bebé en sus brazos y las sigue durante la recuperación.



Otra diferencia que he notado entre mis dos países es que en México hay una fuerte tendencia a la veneración de corrientes y teorías, que en Italia pasan casi desapercibidas. Creo que es la influencia de Estados Unidos, pero mis amigas mamás de México toman un sinfín de cursos psicoprofilácticos con diferentes tendencias, asisten puntuales a sus sesiones de hipnosis para controlar el dolor, aprenden técnicas de masajes de pareja pre-parto, y salpican sus conversaciones con términos como “parto humanizado” y “crianza del apego”. Mencionan a pediatras y psicólogos internacionales como si hubieran comido con ellos el día anterior: Briggs, Estivill y no sé quién más.

Las mamás mexicanas siempre tienen un poco más de ansia porque sienten que no han leído suficientes libros, que todavía no han intentado el método que sí funciona, y que, además, no se han tomado las fotografías profesionales de su panza antes de que se pongan hinchadas. Y lo peor: que no han comprado ese colchón mágico hecho de goma natural sin BPAs que duerme al niño milagrosamente y del cual habla maravillas algún pediatra francés.

Claro, he escuchado de esas teorías y artilugios. Las he leído en foros, e incluso he leído un libro (!). Y por supuesto, también hay mamás italianas que las siguen con devoción. Pero me doy cuenta que de este lado del océano la idea de la maternidad es más fluida, más natural: aquí existe la idea de que las cosas encuentran su propio rumbo y que el cuerpo sabe qué hacer sin necesidad de leer miles de libros ni de tomar miles de cursos. Lo más importante es tener buena salud y lo demás saldrá sólo. Y es gracioso pensar que sea así en este país, donde cada año se rompe el record de baja natalidad, y donde a veces pienso que sólo los extranjeros nos reproducimos.


Y hay que decirlo: las mamás en Italia también somos ansiosas, también nos sentimos poco preparadas ante la maternidad, también nos da miedo el parto. Tenemos problemas con la lactancia, pagaríamos lo que fuera por poder dormir la noche entera y a veces también terminamos el día llorando en el piso de la cocina, llenas de hormonas y miedos y dudas. Por lo cual, tener la tranquilidad de poder acceder a un sistema de sanidad gratuito y de excelente calidad es una inmensa ayuda, no sólo físicamente, sino también psicológicamente. Y saber que nuestros hijos tendrán pediatras y educación sin exigir nada a cambio (bueno, más que pagar puntualmente los impuestos) no es poco.

Florencia tiene muchos defectos, pero mi experiencia de salud aquí ha sido formidable. El embarazo es un estado que llena de miedos y de ansiedad a las mujeres, y fue increíble contar con esa red de apoyo en un país donde en el fondo seré siempre un poco extranjera. Sin duda siempre hay espacio para mejorar (me cuentan mis amigas francesas que en París, después del parto, tienes derecho a cinco visitas a domicilio de una enfermera que te enseña a acudir a tu hijo y te orienta con la lactancia…¡wow!), pero en un país donde quejarse es el deporte nacional, hay que reconocer también sus cosas buenas, y nosotros nos sentimos muy agradecidos por el modo en el que Florencia cuidó de nuestra familia.


Por Valeria Farill



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EsFlorencia: hablar en italiano, pensar en español

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